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Rafael Kotasek y su Caseta de Peaje: el IMOVEQROO

  • Foto del escritor: Omar Alex
    Omar Alex
  • hace 1 minuto
  • 3 Min. de lectura

En Quintana Roo hay instituciones que no mueven personas: mueven dinero. Y no siempre por la vía correcta. El Instituto de Movilidad del Estado —IMOVEQROO— se ha convertido, bajo la gestión de Rafael Hernández Kotasek, en una especie de caseta invisible donde el que no paga, no avanza… y el que pregunta demasiado, estorba.

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Kotasek llegó con el discurso técnico, el vocabulario europeo y la promesa de modernizar la movilidad. Pero en la práctica, lo que se modernizó fue el sistema de cobros, la discrecionalidad y el viejo vicio de exprimir al que trabaja en la calle: taxistas, mototaxistas y operadores de plataformas digitales, todos convertidos en clientes cautivos de una institución que parece operar más como recaudadora paralela que como garante de derechos.

Las denuncias —públicas, reiteradas y cada vez más difíciles de ocultar— apuntan a cobros irregulares, “cuotas” disfrazadas de trámites, pagos sin claridad administrativa y una constante amenaza velada: o pagas, o te paro; o cooperas, o te saco del sistema. Así de simple. Así de burdo.

Taxistas obligados a desembolsar dinero para destrabar trámites que deberían ser automáticos. Mototaxistas perseguidos selectivamente, no por seguridad vial, sino por no “alinearse”. Operadores de plataformas digitales hostigados, multados o retenidos mientras otros, curiosamente, circulan sin problema alguno. La ley no es pareja; la caja sí.

Y mientras eso ocurre en la calle, en las mesas técnicas se presume otra realidad: rutas “gratuitas”, camiones modernos tipo Va y Ven, diagnósticos voluminosos y estrategias que funcionan perfecto… pero solo en juntas. PowerPoint impecable, discurso progresista y fotos institucionales. El problema es que la modernidad no se justifica cuando convive con el abuso.

Porque no hay ruta gratuita que tape un cobro irregular.

No hay camión nuevo que compense la extorsión cotidiana.

No hay diagnóstico técnico que explique por qué el operador honesto es castigado y el alineado circula sin problema.

Eso no es planeación: es doble moral.

Se habla de movilidad social mientras se asfixia al que mueve la economía real. Se presume inclusión mientras se castiga al que no paga el peaje invisible. Se vende futuro mientras se ordeña el presente.

El problema no es sólo el cobro, sino el silencio institucional. Porque cuando una autoridad cobra sin explicar, recauda sin transparentar y sanciona sin criterio uniforme, ya no gobierna: administra el abuso.

El Gato Maya observa y no se traga el cuento. Porque si el objetivo real fuera ordenar la movilidad, se empezaría por reglas claras, procesos públicos y combate frontal a la corrupción interna. Pero aquí pasa lo contrario: se aprieta al de abajo, se confunde al ciudadano y se protege la opacidad… mientras se presume modernidad desde el aire acondicionado.

Kotasek podrá presumir reformas, foros y powerpoints muy bien diseñados, pero en la calle —donde se gana el pan con volante o manubrio— la percepción es otra: IMOVEQROO no acompaña, estorba; no regula, recauda; no ordena, castiga selectivamente.

Y en política, cuando la percepción se vuelve generalizada, deja de ser percepción y se convierte en responsabilidad.

Porque ningún proyecto de movilidad puede sostenerse sobre el hartazgo de quienes mueven la economía todos los días. Y ningún funcionario puede pedir confianza cuando su institución huele más a peaje que a servicio público, por más camiones nuevos que presuma.

Y aquí es donde la movilidad deja de ser asunto técnico y se convierte en pasivo electoral. Porque cada taxista hostigado, cada mototaxista perseguido y cada operador de plataforma exprimido no es solo un usuario inconforme: es un voto agraviado, una familia molesta y una red de descontento que se multiplica más rápido que cualquier campaña.

Quien crea que estos abusos no se van a cobrar en las urnas no entiende la calle. Y quien piense que el desgaste de Kotasek, el funcionario más cuestionado y recién nombrado de 2025, no salpica hacia arriba, tampoco entiende la política. En año preelectoral —o electoral, según el calendario— no hay errores administrativos: hay facturas.

IMOVEQROO hoy no sólo carga con expedientes, quejas y sospechas; carga con algo mucho más peligroso para cualquier proyecto político: mal humor social organizado. Y cuando el ciudadano deja de quejarse en corto y empieza a acumular memoria, la historia cambia.

El Gato Maya lo ha visto antes: funcionarios que creen que el cargo los blinda, instituciones que confunden poder con impunidad y gobiernos que subestiman el enojo cotidiano. Luego llegan las campañas y nadie entiende por qué la calle ya no responde, por qué el volante no gira a favor o por qué el silencio pesa más que los discursos.

La movilidad no se detiene sola.

La detienen las malas decisiones.

Y cuando esas decisiones se sostienen por soberbia o conveniencia, el castigo no es administrativo: es político. (Información de Luis Mis)


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